Has visto en el artículo: Tu cuerpo, tu interpretación y tu universo, que «… todo aquello que tiene una expresión física en este universo, al estar constituido por átomos, es energía vibrando: todo sin excepción. Vivimos en un universo de vibración donde lo único que varía es la frecuencia de esta, lo rápido o lento que vayan los electrones. Lo que aparenta ser más sólido vibra a una frecuencia más baja, más lenta; y lo más sutil, a una más alta, más rápida».
Como el universo es vibración, puedes entender que existe una energía universal que engloba las demás, al igual que la energía de tu cuerpo incluye la de las células de los diferentes órganos que lo constituyen. De esta manera, concebirás que todo lo que tiene consistencia física está conectado a esa vibración universal. Esta vibración que todo lo llena constituye un ente, un Ser que acoge cada partícula que tiene existencia física en el universo: la Unidad. Podríamos decir que el universo es lo que vemos con nuestros sentidos físicos y la Unidad la energía que da vida a todo ello.
Esta única energía tiene una característica fundamental que ya conoces: es una energía de amor y AMOR es la palabra clave de este universo que habitamos, todo gira alrededor de él. Así como un árbol se eleva hacia la luz del cielo, el Universo/Unidad tiende a expandirse en el amor. Todo se desarrolla y progresa en función de él y, según sea nuestro nivel de amor, así será nuestro nivel de evolución personal. Amor es todo lo que hay y, aunque ahora no lo veas así, en un momento de tu crecimiento personal lo sentirás en tu interior.
Venimos a este mundo conectados a la Unidad. Supongo que no te acordarás, pero cuando eras un bebé no sabías nada. No te sentías separado ni distinguías entre yo y lo demás, no anticipabas lo que pudiera sucederte ni perdías un instante en recordar qué habías hecho el día anterior. Vivías momento a momento, con toda tu atención en ese colgante suspendido en la cabecera de tu cunita o en la amorosa sonrisa que te dedicaban tu madre o tu padre. En tu mundo no existía nada que no fueras tú: estabas conectado a la Unidad.
Si quieres recordar lo que eras, fíjate en cualquier bebé o niño menor de dos años y sabrás de qué te estoy hablando.
A medida que pasan los años y se incrementan tus facultades mentales, comienzas a pensar y, al verte constreñido en un cuerpo individual, te identificas con él: «Yo soy este cuerpo y lo demás NO soy yo».
Ya estás separado.
Con tu desarrollo intelectual, los pensamientos absorben toda tu atención y empiezas a soñar despierto. En función de las circunstancias de vida que experimentas, te imaginas un posible futuro o revives hechos y situaciones del pasado. También adquieres la costumbre de interpretar las situaciones vividas en función de ese yo particular y separado. Según los resultados de estas interpretaciones y de lo que te dicen los demás (en especial tus padres), vas añadiendo atributos a eso que crees ser: «Soy impaciente y, a veces, tranquilo», «No tengo fuerza de voluntad», «Tengo mucha confianza en mí»… Ya estás viviendo en la ilusión creada por la mente, considerándote la suma de las virtudes y defectos que crees tener. Ya has perdido la conexión con la que llegaste a este mundo. Tu ser se reduce a una suma de conceptos y juicios mentales: te has convertido en una mente con piernas.
A la vez, comienzas a cargarte de identificaciones con aquello que crees forma parte de ti: padres, hermanos, pareja, hijos, religión, país, trabajo…, con sus correspondientes apegos. Cada apego es una porción de tu energía desviada a aquello con lo que te identificas. La suma de todas estas identificaciones y sus respectivos apegos es lo que forma el ego, como veremos próximamente. De esta manera, tu energía principal (estado de ánimo) se divide, convirtiéndose en la suma de todas las identificaciones que mantienes y haciéndote sentir bien o mal en función de cómo esté cada uno de ellos. Aquí ya has perdido tu paz y libertad interior, al depender de algo externo a ti. Todo esto se traduce en una energía de baja vibración, en la que gobierna el miedo (fíjate en el mundo que nos rodea y te darás cuenta de ello) a cambiar o perder lo que crees ser.
Debido a esta baja vibración que mantienes, eres incapaz de advertir la apertura que existe en tu corazón y que te conecta a la energía que llena este universo físico. Esta apertura es el amor incondicional vibrando en tu cuerpo/energía que no puedes percibir por estar lleno de apegos a personas, objetos o situaciones del exterior, que te hacen vivir fuera de ti impidiéndote sentir lo que eres de verdad.
La única forma de volver a sentir esa apertura en tu interior pasa por liberarte de las cadenas que te mantienen atado a esas identificaciones ajenas a la realidad que eres. Con cada apego que destierres de tu energía, experimentarás dolor, ya que tu vibración cambia en el momento de esa ruptura energética, pero al poco vibras en una frecuencia más elevada, al recuperar la energía desviada a esa identificación. Es como cuando llueve: durante unos días el agua de los ríos fluye sucia, arrastrando barro y piedras. Al poco, esas aguas las vemos más transparentes y limpias que antes, al haberse barrido el fango del cauce.
Tras alcanzar cierto nivel vibratorio por haberte liberado de más apegos, llega un momento en que adviertes un cambio en tu consciencia personal, sintiéndote unido a algo que trasciende tu cuerpo y, al mismo tiempo, forma parte de él. Antes de llegar a este punto, quizá experimentes una gran conmoción al darte cuenta de que todo el mundo va por el camino equivocado menos tú: «¿Soy el único cuerdo en este mundo de locos?», pensarás. Acompañando a este descubrimiento intelectual, puedes llegar a experimentar un desgarro en tu interior, en tu energía, cuando sueltes el apego más profundo que puedas tener. En unos casos puede ser una relación sentimental en la que dependías de la otra persona o una pérdida de trabajo con la estabilidad económica que te proporcionaba; o puede ser la aparición de una enfermedad grave… Esta fractura interna lleva asociada un intenso cambio vibratorio que conduce a una crisis total. Te sentirás morir y, efectivamente, es una muerte: la de tu identificación con el ego. En estos momentos (pueden durar meses, dependiendo de lo intensa que fuera tu identificación) te ves solo y desamparado en este mundo, abandonado por todo y de todos. Es como una travesía por el desierto.
¿Qué ha sucedido?
Tu energía, que hasta entonces vibraba en la del ego, se separa de ella y se une a algo no muy definido todavía pero diferente a lo que hayas conocido hasta entonces. Esta separación de la energía egoica que te daba la fuerza que creías tener, te deja exhausto, vacío…, muerto.
En realidad, experimentas un renacimiento: mueres en el mundo de la ilusión en la separación, el mundo de la mente/ego, para renacer en otro. Este, físicamente, es el mismo que conoces pero diferente, porque ahora has pasado a vibrar en una frecuencia más elevada, la del amor incondicional, y lo ves todo desde una perspectiva nueva e integradora. Con el tiempo, esta sensación, difusa en un principio, se va afianzando, volviéndose más nítida y clara. Notarás que, día a día, te llenas de una energía vibrante y poderosa. Aquí ya eres consciente de tu conexión con la Unidad: ya estás reconectado.
Esta conexión consciente con la Unidad es la unión de tus circuitos energéticos a la energía del Amor Universal que todo lo inunda y permite que vibre en tu ser. Para ello, hay que desprenderse de la energía de los apegos egoicos que te impedían sentir esa conexión por la gran diferencia de vibración de ambas energías. Una vez liberado de ellos eres consciente de esa unión, la sientes en tu ser, al aumentar tu sensibilidad gracias a la reunificación e incremento energético que has experimentado. Y, a partir de este momento, entras a una nueva vida.
En ella te sientes llevado por una inteligencia y poder inmensos, en los que palpita constantemente un ilimitado amor lleno de dulzura, como una Madre Divina que te acoge en su infinito regazo. Recibes la certeza de que todo cuanto vives en este dejarse llevar es para tu mayor crecimiento personal, y van aflorando a tu consciencia, en forma de situaciones de vida, el resto de las identificaciones que pudieran quedarte: hijos, padres, seguridad económica, tener razón, la opinión de los demás… y, por último, los pensamientos, que es la mayor identificación. Te vas librando de esas identificaciones, y sus correspondientes apegos, gracias a la elevación vibratoria que experimentas por el trabajo interior que vienes practicando.
Sufrirás con la liberación de cada apego, pero te darás cuenta de que ese dolor es sinónimo de crecimiento. Con esta comprensión, vives en una gratitud constante a la vida por las maravillosas oportunidades que te regala para irte desarrollando de la manera más armónica posible y experimentas un crecimiento sostenido y equilibrado de tu consciencia.
A consecuencia de vivir en esta gratitud, cambia tu estado de ánimo y envías al universo energía de la más alta vibración y, por lo tanto, recibirás situaciones de vida acordes a esa nueva frecuencia. Estas nuevas circunstancias te darán más motivos para seguir agradeciendo, llenándose tu vida de más y más luz. Todas las dificultades que creías tener se van diluyendo, puesto que dejas de vivir en el mundo de los problemas (del ego) para pasar a vivir en el mundo de las oportunidades (para crecer).
También percibes cómo tu intelecto se agudiza y extraes conclusiones claras, sentidas como verdaderas, de las situaciones que vives, a la vez que disciernes instantáneamente lo real de la ilusión mental.
Como resultado del trabajo energético que llevas a cabo con los chakras, equilibras y fortaleces su vibración, consigues mejorar el tono físico de tu cuerpo a la vez que desarrollas las cualidades inherentes a cada vórtice de energía: aumento de la seguridad y fortaleza interior, florecimiento de la creatividad, desarrollo de la fuerza de voluntad, mejora sustancial de la autoestima; incremento notable de tu poder de comunicación, de la clarividencia y de la compasión. Así comienzas a alcanzar tu mejor versión personal y a expresar todo el potencial que atesoras.
Además de lo anterior, el mayor beneficio de esta reconexión es que acabas convirtiéndote en un ser independiente, que no separado. No necesitas a nadie ni nada para ser feliz. Sientes que lo tienes todo, que nada le falta ni le sobra a tu vida. No anhelas ningún tipo de maestro o guía exterior: ahora, todas las respuestas a tus preguntas afloran en tu consciencia, puesto que esa reconexión es conectarte, también, a la Inteligencia Universal que palpita en ti, convirtiéndote en el maestro que eres para llevar a cabo tu misión de amor en esta vida.
De esta manera, dejas de considerarte un ente individual y separado de los demás para convertirte en un transmisor de la energía de amor que todo lo llena, y cumples el propósito final de tu vida: ser un canal de transmisión de la energía divina, la energía del amor, a este planeta y así elevar su vibración.
¡Qué bonito, eh!, pero esto son palabras al viento. Lo importante y maravilloso es que lo vivas tú.
Por hoy, ya vale.
Ya sabes: cualquier duda, sugerencia o aportación déjamela en los comentarios y lo hablamos.
Un abrazote muy fuerte y que te rías mucho, pero mucho ¡eh! 🤗🥰😉