Ahora conoceremos a ese yo que crees ser y que toma todas las decisiones por ti. Esa es la ilusión que vives creyendo que eres .

¿QUÉ ES EL EGO?

El ego es un concepto mental, una idea, una creencia que tenemos acerca de lo que somos. Es hijo de la mente, solo son pensamientos, pero le damos la fuerza de la realidad al creer que somos lo que pensamos que somos.

Todas las etiquetas que te pongas para definirte, tales como «Soy una persona activa, sensible, un poco impaciente, con un gran fondo humano», por ejemplo, son ego.

Son ego todas las ensoñaciones no conscientes, esos pensamientos imperceptibles que provocan emociones que sí sientes, las que te hacen reaccionar ante las circunstancias que vives, y esa reacción también es ego. Es lo que te hace decir cosas como esta: «Soy así, no puedo evitarlo», cuando respondes automáticamente a un acontecimiento de la vida.

Esa voz de la cabeza que te dice qué hacer, cómo debes comportarte, qué tienes que pensar… Esa voz que ordena, chilla, se enfada, llora…; ese parloteo mental es el ego viviendo en ti.

Inquietud, angustia, miedo, dolor, ira, abatimiento, etc., son reacciones de tu cuerpo a los pensamientos que le envía esa ilusión que crees ser tú. Es tu ego haciéndotelo pasar mal.

Cuando te sientes feliz anticipando un acontecimiento futuro (la magnífica película que estrenan hoy y de la que ya tienes compradas las entradas o el maravilloso fin de semana que vas a pasar con tu ser amado en un estupendo hotel de la costa…), ese que se alegra por adelantado sigue siendo tu ego. Cuando recuerdas un acontecimiento doloroso del pasado (la bronca que te echó tu jefe el lunes anterior) y vuelves a experimentar malestar, el que sufre es el ego, no tú.

Aunque todavía no te des cuenta, en este momento eres un ego con piernas. Digamos que estás poseído por él. Con el tiempo, sentirás lo que realmente eres, pero eso será el resultado del trabajo interior que realices.

¿CÓMO SE COMPORTA EL EGO?

El ego tiene una forma de actuar característica en la que destacan tres actitudes habituales que te permitirán descubrirlo en cuanto las veas aparecer en tu manera de conducirte por la vida. Aquí las tienes:

IDENTIFICACIÓN: el origen de la separación

Debido a la evolución de la vida en este planeta, llegó un momento en que nació un ser consciente de sí mismo, al que llamamos ser humano, y es el que ha colonizado este planeta. La consciencia que posees te permite darte cuenta de tu cuerpo, de los pensamientos que mantienes o de lo que sucede a tu alrededor, pero, además, gozas de una facultad única que te diferencia del resto de los animales: la de pensar. Con ella viene incluida la capacidad de imaginar y es justo aquí donde la consciencia comienza a confundirse, creyéndose ser aquello que fantasea, aquello que piensa, olvidándose de que es consciencia (sinónimo de darse cuenta). Esto se llama identificación, creer ser algo que no se es, y es el origen de la intranquilidad constante de fondo que mantienes en tu vida.

La primera identificación que hacemos es con nuestro cuerpo. Nos creemos ser él. Además, al vernos físicamente independientes, nos consideramos seres individuales: «Este cuerpo soy yo y ese cuerpo eres tú; luego somos dos». Ya estamos separados.

Después, según vamos creciendo y con el desarrollo del cerebro, la consciencia fortalece su identificación con la mente y los pensamientos, creyéndose ser la voz pensante: «Pienso, luego existo», dijo Descartes en su Discurso del método.

A medida que pasa el tiempo, van aumentando en número nuestras identificaciones: mis padres, mis hermanos, amigos, pareja, hijos… Nos identificamos con un país, un partido político, un equipo deportivo, un trabajo, un estatus social, una postura mental (defendemos nuestra verdad como si nos fuera la vida en ello), pero también con un coche (fíjate cómo se ponen algunos al recibir un golpe en su automóvil), la casa donde vivimos, etc.

También nos identificamos con los roles que representamos en esta vida. Si tienes hijos, seguro que adoptas el papel de padre o madre y esperas de ellos que actúen según el suyo: te deben respeto por ser tus hijos; si no lo hacen, te encolerizarás, ya que para tu ego no se están comportando de acuerdo con el rol que les ha adjudicado. Representamos infinidad de papeles: el de pareja, jefe, trabajador, hermano, hijo, amigo… A cada papel le asignamos obligaciones y derechos, unos códigos de conducta, y si alguien se los salta, el ego reacciona con lucha o enfado para restablecer el orden perdido.

Todo aquello con lo que nos identificamos nos da un valor como persona y de ahí surge el apego, el cariño a ello. El apego, en este caso, es sinónimo de dependencia, puesto que nos hace perder nuestra libertad personal, ya que para sentirnos bien necesitamos que esté bien todo lo que creemos ser: el cuerpo que tenemos, los padres, hijos, pareja, el club de fútbol del que somos hinchas, el estatus económico y social…, y nos pasamos la vida intentando mantenerlo en equilibrio, que nada cambie a peor o desaparezca; de ser así, experimentamos un dolor directamente proporcional al grado de identificación que mantengamos con ello. Hay hinchas de fútbol que cuando pierde el equipo de sus amores están varios días cabizbajos y tristes. A otros les dura la frustración el tiempo que tardan en tomarse un café. Son diferentes grados de apego y, por lo tanto, diferente intensidad de sufrimiento por la pérdida o cambio, pero en ambos casos la identificación es sinónimo de dolor.

Esta identificación, esta separación entre yo y lo demás, es la que nos hace vivir en un mundo de países, culturas y religiones diferentes, a menudo enfrentadas, ya que el ego necesita conflicto para reafirmarse, para sentirse vivo. Al ego, la paz le resulta indigesta y pesada, poco atractiva. Siempre busca retos y metas a alcanzar, con un anhelo constante de tener más para ser más. Así, en este constante hacer, intenta no sentir la inquietud que le atenaza por creerse separado de los demás y que le obliga a conseguir aquello que necesita para vivir, creando el mundo de lucha y conflicto permanente en el que vivimos.

JUZGAR-COMPARAR

Para marcar los límites de su individualidad, el ego siempre está juzgando y comparándose con los demás. Tiende a fijarse en las diferencias que nos separan y etiqueta a las personas en función de los resultados de la comparativa, siendo uno mismo el punto de referencia: «Marian es muy inteligente» (ha demostrado una chispa que no tengo yo), «Ander es un engreído» (no es tan humilde como yo).

También nos juzga en función de un ideal de persona que imagina para desenvolverse en este mundo. Cuando no hacemos las cosas en función de ese modelo, nos regaña más o menos intensamente según lo fuerte que sea nuestro ego. Es como si tuviéramos un juez y verdugo interior que nos castiga de manera inmisericorde cada vez que cometemos un error, sin que podamos escapar de él.

Por último, el ego siempre está clasificando las situaciones de vida en buenas o malas. Si algo ocurre que le acerca a lo que desea, se alegra; cuando, sucede algo que no le gusta, se enfada con la vida, con los demás o contigo, si te considera responsable de ello. El caso es que está siempre interactuando con el mundo exterior y su alegría o tristeza depende de la interpretación y valoración subsiguiente que haga de esas experiencias vitales.

RESISTENCIA

Es la no aceptación de lo que está sucediendo, es decir, el rechazo de lo que ocurre: «Yo no debería estar pasando por esto, es muy duro e injusto, no me lo merezco». Aquí nace la negatividad que enviamos al mundo.

El ego echa la culpa a los demás, a las personas o situaciones que vive o a la vida en general, por no ser como a él le gustaría que fueran. Y son los demás, la vida también, los que deben cambiar, cosa que espera lograr enfadándose, consiguiendo justo lo contrario, puesto que esa energía negativa del enfado revitaliza la situación que detesta.

Esta resistencia frente a lo que acontece es la que lleva al ego a reaccionar en contraposición a actuar.

Actuar frente a un hecho o circunstancia de la vida significa que la respuesta que damos a esa situación procede de la independencia emocional, de la inteligencia pura: «Me acabo de enterar de que cierran la empresa. Nos echan a todos, ¡qué pena!, no hay tiempo que perder, voy a empezar a mandar currículums».

Reaccionar es dejarnos llevar por una respuesta emocional a lo que vivimos en un momento dado. Es esa emoción la que nos hace responder así y su intensidad es directamente proporcional al apego que tengamos a esa realidad que ahora se encuentra amenazada por esa situación: «Hoy me han dicho que cierran la fábrica, que nos echan a todos. ¿Dónde voy a encontrar trabajo a mis años? ¡Qué desastre!, ¡hoy me emborracho!».

El ser que eres solo sabe actuar, pero el ego siempre reacciona creando una emoción en el cuerpo. Al reaccionar frente a algo exterior (quejarse es una forma de hacerlo, inclusive del tiempo meteorológico) o interior (hay pensamientos que duelen) el ego siente que se reafirma, que adquiere más vida.

Esta reacción constante es la creadora de nuestro estado de ánimo, que es el arquitecto de nuestra vida, como hemo visto. Como continuamente respondemos con negatividad, así serán también las circunstancias que nos lleguen.

¿Por qué?

Porque siempre recibimos aquello que damos, según la ley de la atracción.

El PROPÓSITO DEL EGO Y EL DEL SER

El propósito del ego es tener más. Para él, tener más es sinónimo de ser más: más dinero, más relaciones, estatus más elevado, más conocimientos, más fortaleza física… Con ello siente placer, que es para lo que vive, y cuando consigue el objeto de su deseo, el bienestar que experimenta le dura un tiempo. Luego, para regenerar ese deleite, busca un nuevo objetivo. Y así se pasa toda la vida: deseando.

La aspiración del ser que realmente eres es crecer, evolucionar, pero no a base de tener, de acumular, sino a base de dar. ¿Y qué da el ser?

El ser da aquello que es: amor. Cuánto más amas, más das; y cuanto más das, más creces.

De esta diferencia de actitud vital, surge una conclusión significativa: el ego se siente vivir en un estado permanente de escasez, es su creencia básica, y por ello siempre ansía tener más.

El anhelo del ser lleva implícito el vibrar en la abundancia, porque solo podemos dar aquello que rebosamos, y cuanto más damos, más recibimos, por la ley de la atracción.

NOTAS PRÁCTICAS PARA CRECER

¿Prefieres tener paz o tener razón?

Tú elijes, momento a momento, la vida que quieres llevar. Al ego le encanta tener razón, mientras el ser que eres disfruta en la paz. Puedes tener razón y saber que la tienes, pero no luchas por convencer como hace el ego, solo expones tu verdad, compartiéndola; lo que hagan los demás, aceptarla o no, es irrelevante. No es tu problema.

Procura mantenerte en un total desapego a cualquier postura mental: todo es como es, no hay nada que opinar, no hay nada que interpretar.

«Yo no tengo problemas, es mi ego quien los tiene»

Recuerda esto en aquellos momentos que te notes llevado por el dolor, la ira, el reproche, la debilidad, la tristeza, el desánimo…: ese no eres tú, es la ilusión que vive en ti. Así te vas separando de ella, desidentificándote por medio del darte cuenta de que tú no eres ese ego chillón, irascible, débil o lloroso que a veces te posee.

Esta creencia acerca de lo que eres, con todas las virtudes y defectos que crees tener, es la que está guiando tu vida, tomando todas las decisiones por ti y haciéndote vivir en el miedo permanente a equivocarte, a no tener, a no llegar, a no conseguir… El ego es el creador de tu infelicidad.

Como ya habrás deducido, crecer como ser en esta vida es darte cuenta de lo que NO eres para poder vivir en la realidad de lo que SÍ eres.

Ya vale por hoy. El próximo día, más y mejor.

Como te digo siempre: cualquier duda, sugerencia o aportación déjamela en los comentarios.

Un besote y ríete mucho hoy 🥰😊

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