Igual te has planteado alguna vez que es lo que eres o ya tienes una idea exacta y cabal de ello, pero quizá lo que leas a continuación te sorprenda… o igual no.
Te puedo anticipar que, como seres, somos mucho más hermosos y poderosos de lo que nos transmite esta sociedad, pero tampoco debe extrañarte: vivimos en un mundo dirigido y gobernado por el ego, con una interpretación muy limitada de lo que cree ser.
Como seres humanos, somos la suma de una energía (nuestro cuerpo), que nos permite tener experiencias sensoriales en este mundo físico; y por otro, de una consciencia que es la que nos faculta para darnos cuenta de eso que somos.
Veamos con más detalle cada uno de estos componentes.
Hemos visto cómo nuestro cuerpo, que parece sólido y compacto, es energía vibrando, creando constantemente aquello a lo que prestamos atención. Es decir, somos seres creadores, como lo ha demostrado la ciencia, pero la sociedad lo interpreta de otra manera y nos inculca que carecemos de cualquier poder creador, que todo aquello que nos ocurre es producto de la suerte.
Además, en relación con el universo físico en el que vivimos, hay un concepto capital que lo cambia todo. Para comprenderlo mejor, veamos la definición de la palabra «fuerza». Según la física: «Es cualquier acción, esfuerzo o influencia que puede alterar el estado de movimiento o de reposo de cualquier cuerpo. Esto quiere decir que una fuerza puede dar aceleración a un objeto, modificando su velocidad, su dirección o el sentido de su movimiento».
Sabemos que todo aquello con existencia física en este mundo es energía en vibración: electrones que giran en diferente número y velocidad alrededor del núcleo de los átomos. Si los electrones se mueven en torno al núcleo, es debido a la existencia de una fuerza que los atrae hacia él, impidiendo así que se pierdan en el infinito. Esta fuerza, conocida como fuerza electromagnética en el mundo científico, es la que mantiene unido este universo en el que vivimos. La conocemos comúnmente por su nombre de calle: AMOR.
Todo lo que tiene una existencia física «es» gracias al amor, es decir, vivimos en un universo de amor, aunque no lo interpretamos así. Solo percibimos las partículas girando, lo que podemos medir con los instrumentos científicos. Sin embargo, la esencia de esa fuerza que cohesiona todo es invisible para el mundo de la investigación que busca datos evaluables y contrastables. El amor está, pero es indetectable, aun siendo la causa del giro. Por lo tanto, tu cuerpo, ese instrumento que tienes para desenvolverte en este mundo, es energía vibrando en el amor: eres amor materializado en un cuerpo humano.
Pero ¿de qué amor estamos hablando?
Esta fuerza no piensa, no elucubra, no calcula. Esa fuerza es poder de atracción, de unión, sin establecer diferencias ni condiciones de ningún tipo; es decir, el auténtico amor es incondicional: es el amor de Dios, es divino. Por el contrario, el amor egoico siempre es condicional: «Te amo mientras satisfagas las carencias que, como ego, creo tener». Por eso hay tantas roturas de pareja: los egos se unen entre ellos creyendo amarse, pero el ego y el amor incondicional son incompatibles. Si la evolución de los miembros de la pareja es dispar, tarde o temprano se produce la ruptura.
Esta condicionalidad del amor egoico se manifiesta en todos los órdenes de la existencia: un padre sería capaz de dar la vida por un hijo, pero no la daría, conscientemente, por el hijo del vecino. Ahora bien, si ese hijo del vecino está suplicando ayuda atrapado en su casa ardiendo, es probable que esa persona se adentrase en el fuego para salvarle, aun a riesgo de morir. Esto último lo hace sin pensar y, al no pensar, emerge la auténtica realidad que somos: amor incondicional.
Así pues, nuestro cuerpo es energía de amor creando aquello a lo que prestamos atención.
A diferencia del cuerpo, que tiene una etapa de crecimiento y plenitud para luego ir perdiendo facultades, la consciencia va creciendo de manera continua y más o menos rápida, según incrementamos nuestra capacidad de concentración. Siempre está evolucionando, desarrollándose en una perpetua expansión. Además, esta consciencia no tiene entidad física: no está formada por electrones ni átomos; tampoco proviene de la mente, que es una sucesión de formas creadas por el cerebro. Así pues, no pertenece a este universo de energía en el que estamos y, por ello, igual te suena esta frase: «Vivimos en este mundo, pero no somos de él».
La consciencia es el acto de darse cuenta, sin pensar, sin elucubrar. Utilizando un símil gramatical, la consciencia es verbo, acción, no un sustantivo como puede ser cualquier entidad física del universo. Esta consciencia que somos es testigo y no juzga; observa y no interpreta… Solo ES.
Podríamos resumirlo en dos palabras: YO (cuerpo) SOY (consciencia). Si quisiéramos ser más prolijos en la explicación, diríamos: somos seres creadores irradiando amor, siendo conscientes de ser. Esto se conoce por Ser Divino.
Todos somos Seres Divinos, todos sin excepción, y lo que nos hace distintos es nuestro nivel de consciencia, que es sinónimo de evolución. Hay personas más sensibles, más conscientes, que se dan cuenta de lo que realmente son y viven acorde a su realidad. Otras, la inmensa mayoría, se encuentran tan absorbidas por la ilusión de ser egos que los conceptos anteriores les resultan inconcebibles. Pero esta es nuestra auténtica realidad como seres, así pues, podemos decir que solo existen Seres Divinos conscientes o inconscientes.
La sociedad actual nos aleja de nuestra verdadera esencia al identificarnos por el cuerpo que tenemos, que solo ve como un trozo de carne andante, sin ningún tipo de poder creador. Nos clasifica y numera como seres independientes para diferenciarnos a unos de otros, pero no interpreta los datos científicos como la realidad que nos muestran: la energía de amor que somos y que tiene el poder de crear.
Además, si llevas ya cierto recorrido interior, sabrás que hay una creencia muy extendida en el mundo espiritual que impide alcanzar nuestra auténtica realidad como seres. Esta creencia, auspiciada por el ego que se resiste a morir, dice que vives muchas vidas, creciendo y perfeccionándote en cada una de ellas, para, al final, fundirte en uno con Todo lo que Es. Pero tú ya eres perfecto tal como eres ahora. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios (pon otro nombre si este te incomoda): nuestra consciencia es su consciencia, nuestro cuerpo es el equivalente al universo, el cuerpo de Dios. Por lo tanto, nada tienes que perfeccionar; solo abandonar la falsa creencia de considerarte imperfecto, de haber nacido con el pecado original, como alguna religión pregona. Eres un ser divino, eres perfecto, AHORA, tal como eres en este preciso instante por muchos defectos que creas tener. Por lo tanto, comienza a verte y sentirte (si quieres, claro, esa es tu libertad) como la realidad que eres: un ser todopoderoso transmitiendo amor a Todo lo que Es, a todo lo que vibra en este amoroso universo que te acoge.
Como hemos visto antes, el propósito del ser que eres es crecer, evolucionar, y para hacerlo de una manera más acelerada y transformarnos en seres más hermosos día a día, lo mejor es trabajar los dos componentes que nos constituyen: la consciencia y el soporte que la acoge.
El desarrollo de la consciencia se produce con el incremento del poder de concentración, que se consigue al mantener la atención enfocada en un punto. Al concentrarnos en algo, amplificamos la percepción de ello, captamos detalles que antes pasaban desapercibidos a nuestros sentidos o a nuestra comprensión, y tiene lugar un incremento de la sensibilidad, de nuestra capacidad de descubrir matices al ser conscientes de más detalles. Como consecuencia de esto, y cuando ya tengamos cierto recorrido interior, aumenta nuestra capacidad para anclarnos en la paz del ser que somos sin dejarnos llevar por las emociones de las identificaciones que suelen ser las que dirigen nuestras decisiones. De esta manera, vamos despertando del sueño que vivimos.
Esta forma de trabajo la practica todo el mundo espiritual y es la base de la meditación. Sin embargo, para desarrollarnos más rápida y armónicamente como seres hay que ejercitar el cuerpo/energía que sustenta nuestra consciencia en esta vida física. Para ello, solo tenemos que elevar la frecuencia vibratoria que nos limpiará de los apegos energéticos del ego, reunificando la energía perdida en ellos e intensificando nuestra vibración en el amor.
Tras llevar un tiempo con este tipo de trabajo interior en los dos aspectos del ser que eres, y tras haber sentido la conexión consciente con la Unidad, te surgirá la necesidad imperiosa de darte al mundo, de entregarte en amor al planeta en el que vives. Te preguntarás: «¿Cómo puedo ayudar al mundo?». En respuesta a ese anhelo del ser de amor que eres, la Consciencia Universal que habita en cada uno te muestra el don o los dones que vibran en tu energía para compartirlos con los demás.
Esos dones son las características especiales y únicas que tenemos todos, son los tesoros de creatividad que poseemos para entregar a la humanidad. En unos casos puede ser pintar, componer música, hacer muebles o cuidar plantas; en otros, cantar, escribir, sacar fotografías, atender ancianos, cocinar… Todo aquello que hacemos con facilidad y que, además, disfrutamos haciéndolo, son los talentos que vibran en la energía que somos.
Todos los seres humanos somos iguales y diferentes a la vez, la consciencia es la misma en cada uno, pero la expresión de la energía de cada cuerpo es única y todos sin excepción tenemos una o varias capacidades que podemos poner al servicio de la humanidad o del planeta que habitamos.
Cuando das conscientemente estas destrezas a los demás, te conviertes, no solo de palabra, si no de hecho, en un genuino Ser Divino Consciente que materializa el propósito de su vida aquí. A partir de ese momento, sientes en su máximo esplendor cómo el Universo pone todo a tu favor para que consigas el mayor desarrollo de tus aptitudes, de tu creatividad, ya que, en realidad, es la energía de la Unidad la que se manifiesta por medio de tu don. Al dar tus talentos al mundo, te conviertes en un vehículo de transmisión de la energía divina a este universo físico: eres la flauta hueca a través de la cual la Unidad toca su melodía de amor. En esos momentos de creatividad, no hay ego, solo la vibración del amor universal expresándose a través de tu energía, siendo uno con la Totalidad que crea por medio de tu cuerpo.
De esta manera tan maravillosa entras a vivir tu nueva vida, la del Ser Divino que eres, dejando de ser un buscador, en el caso de que lo fueras, para sentir que has encontrado tu sitio y tu misión en este mundo. Y esto es lo más parecido a un renacimiento: descubrir para qué has venido aquí. Toda tu energía deja de estar dispersa en multitud de objetivos que tenías creados por el ego, para dirigirla a aquello que la Unidad va a crear por mediación tuya. A partir de este momento, nada impedirá que consigas la expresión máxima de tu creatividad y tendrás éxito en todo aquello que emprendas para dar tu regalo al mundo porque, en realidad, tú no haces nada, es la Unidad, a través de ti, quien lo materializa y pone todo a tu favor para que lo manifiestes de la mejor manera posible.
Bonito, ¿verdad?, pero como te he dicho en alguna ocasión, no te creas lo que te escribo, vívelo y me lo cuentas.
Ya sabes: cualquier duda, sugerencia o aportación compártela en los comentarios y lo hablamos.
Un fuerte abrazo y ríete mucho hoy, y mañana, y pasado… 😉🤗🥰