«Tanto si crees que puedes, como si no, en ambos casos tendrás razón». Esta cita de Henry Ford resume de una manera sencilla el concepto de creencia. Las creencias son las que nos dan el poder o nos lo quitan, las que dirigen al genio de la botella que vive en cada uno de nosotros, las que ordenan al universo lo que nos tiene que entregar. Da igual lo que quieras lograr en esta vida: si lo que deseas alcanzar va en contra de una creencia que tienes instalada en tu interior, olvídate, no lo conseguirás. Así de poderosas son.
Vamos a conocerlas un poco para saber mejor de qué hablamos.
Una creencia es una idea que se considera verdadera y a la que se da completo crédito como cierta. Es una interpretación de la realidad, no un hecho comprobado. Es un concepto mental que, a pesar de serlo, lo convertimos en nuestra verdad otorgándole rango de ley y una ley no la cambiamos: la cumplimos. Las creencias son los decretos por los que se rige nuestra vida, los mandamientos que nos gobiernan. Son la forma en que miramos todo aquello que nos sucede: es el color de los cristales con los que vemos lo que llamamos realidad.
Hay dos tipos de creencias: las que tenemos respecto a nosotros, a las capacidades que poseemos, y las que se refieren al resto (al mundo, a la sociedad, a la vida en general). Estas últimas se encuentran influidas por cómo nos vemos a nosotros. El mundo será un lugar inhóspito si nos consideramos con poco valor, con escasas aptitudes personales; por el contrario, si tenemos una buena autoestima, nos parecerá un lugar más amigable y acogedor.
Una creencia se puede formar por una emoción muy intensa unida a un acontecimiento o por la repetición de acontecimientos con idéntico significado. Si la primera vez que vas a un dentista sientes mucho dolor porque no te ha puesto suficiente anestesia, la siguiente ocasión en que tus padres te digan que debes ir, no querrás: creerás que te va a doler.
La manera más habitual de establecerse una creencia es por medio de la repetición. Si al poco de aprender a andar en bicicleta te caes varias veces seguidas, pensarás que eres torpe con la bici.
Las más fuertes son las que se establecen entre los 2 y los 7 años, cuando nuestra mente es virgen todavía. A esas edades no tenemos desarrollada la facultad de razonar y dependemos de los demás para subsistir. Los responsables de la creación de estos decretos que se nos graban como verdades suelen ser las personas más cercanas a nosotros: padres, tíos, abuelos… Nos fiamos de los seres que queremos (tampoco podemos hacer otra cosa) y adoptamos sus creencias: «¿Cómo me va a engañar alguien que me quiere?».
Si de pequeño te dice tu madre que mojándote los pies coges catarro, al principio puede que no te lo creas, pero si un día da la casualidad de que sucede, asociarás los pies mojados con tos y dolor de garganta. Además, es tu madre, ese maravilloso ángel que te quiere y que te guía en este mundo desconocido en el que vives. Lo que ella diga va a misa: «Mojarse los pies es causa de catarro». Y punto.
Ya tienes una creencia instalada en tu interior.
Otro día, mientras estás jugando, tu padre te apremia para que recojas los juguetes, ya que debes hacer los deberes. Tú, abstraído como estás con ese trenecito que te encanta, no le haces caso y se te olvida. Al cabo de un rato puedes oír (tu padre ha pasado un mal día): «¡Eres un vago, así no conseguirás nada en la vida!». La primera vez quizás te duelan sus palabras, pero cuando te lo repite unas cuantas veces ya no te afectan tanto: te has acostumbrado a que te llame vago. Y claro, te lo dice tu padre, ese ser que sabe de todo y que, además, te quiere: «Soy un vago», admites en un momento dado.
Ya tienes tu primera creencia limitadora instalada en tu mente. Ya forma parte de lo que tú crees que eres.
Te vas haciendo mayor, hace ya tiempo que piensas por ti mismo y debes decidir por dónde continúas tus estudios: cursar ingeniería química (te encanta la química) o hacer un módulo de ello. La diferencia entre las dos opciones es la duración: ingeniería son cuatro años de carrera y el módulo solo dos. «Soy un vago», piensas, «voy a hacer el módulo; cuatro años son muchos para mí».
De esta manera, no tan exagerada, se forman y nos guían en la toma de decisiones las creencias que hemos incorporado en nuestra infancia. Son las más importantes porque afectan a nuestra valía personal.
A estas creencias típicas del entorno familiar en el que hemos crecido se van añadiendo otras, fruto de nuestro desarrollo intelectual. Estas las formamos por medio de la repetición de las interpretaciones de los acontecimientos que vivimos. «Soy malo conduciendo» nos lo podemos decir cuando se nos haya calado el coche dos o tres veces en un breve intervalo de tiempo. Para la cuarta, ya se convierte en nuestra verdad: «Soy mal conductor»; y la dejamos asentada en nuestro interior. Ya tenemos otra creencia instalada.
Otras veces desechamos ciertas creencias (¿conoces a algún adulto que todavía crea en los Reyes Magos?) o las modificamos porque nuestra experiencia no coincide con la que tenemos grabada (cuando ya eres mayor, al dentista le pides más anestesia y te quita cualquier caries sin dolor).
También el entorno en el que vivimos determina las creencias. No se dan las mismas creencias políticas, religiosas y culturales en nuestro país que en Marruecos, por ejemplo. La forma de ver la vida cambia de un lugar a otro porque las creencias de sus habitantes son diferentes.
Estamos rodeados de creencias por todas partes. Vivimos en un mundo mental, en un mundo de ideas, de interpretaciones constantes.
«No se me dan bien las matemáticas» o «Cocino fatal» son creencias conscientes: nos damos cuenta de que las tenemos.
Las inconscientes son aquellas que guían nuestra vida sin nosotros saberlo: «Necesito ser querido por la gente para sentirme bien», «Lo que me ocurrió en el pasado me va a seguir afectando siempre».
Estas creencias inconscientes son las más poderosas porque no podemos cambiar aquello que desconocemos.
«Me expreso muy bien», «Soy muy inteligente», «Tengo una salud de hierro», «Cada día tengo más fuerza de voluntad».
«Tengo mala suerte en la vida», «No valgo para estudiar», «Me cuesta mucho relacionarme: soy muy tímido», «Todo el mundo me engaña».
Unas nos elevan, otras nos hunden. Unas nos dan alas, otras nos ponen plomo… y ninguna es la verdad, solo interpretaciones de los acontecimientos que vivimos.
Como hemos visto, las vamos adquiriendo con el tiempo y, al igual que las incorporamos sin darnos cuenta, también podemos añadir otras conscientemente. De esta forma, modelamos nuestra vida como deseamos.
Las hemos interiorizado tanto (por eso se llaman creencias, si no, serían pensamientos) que no reparamos en ellas. Han pasado de la mente consciente a la subconsciente hasta formar parte de nuestro ser. Somos esas creencias.
Este dato es importante para entender la forma de cambiarlas.
Si una persona cree que es muy difícil encontrar trabajo ahora, reaccionará de manera diferente a otra con una creencia distinta, que piensa, por ejemplo, que siempre encuentra empleo quien pone toda su voluntad en ello. Si cierra la empresa en la que trabajan ambas, una lo interpretará como una desgracia que le ha ocurrido y la otra como una oportunidad para mejorar.
Lo importante no es lo que vivimos, sino cómo lo interpretamos. A consecuencia de esto, las creencias son las que toman las decisiones por nosotros, ya que todo lo que pensemos para decidir algo estará inducido por ellas. Uno de los trabajadores anteriores entró en depresión y decidió no luchar, «¿para qué?, si está todo muy mal», y el otro comenzó, con mucho esfuerzo, un proyecto personal que le cambió la vida por completo. Las decisiones que tomaron fueron muy diferentes ante el mismo acontecimiento: las creencias decidieron por ellos.
La mente no se pone a buscar nuevas interpretaciones sobre lo que considera cierto, ¿para qué, si es verdad.? Además, la mente no quiere cambios, desconoce cuál va a ser el resultado y, el no saber y no poder controlar le aterra, por lo que no permitirá que veas las cosas de otra manera. Si crees que eres un vago, que te encanta no hacer nada, no advertirás que cuando te pones a escribir ese diario personal se te pasan las horas sin darte cuenta. Para eso no eres perezoso: estás motivado, te gusta mucho escribir. Lo que te falta es motivación para el resto, pero la mente lo ignorará de plano: «Eres un vago». Y punto.
Todos los pensamientos que contradigan su verdad son eliminados de tu campo de consciencia. Por este motivo es tan difícil cambiar de creencias: la mente siempre impedirá que veamos una realidad diferente a la que ella está acostumbrada a ver.
Una creencia elevadora es un permiso que nos concedemos para expresar todo el potencial que atesoramos. Por el contrario, una creencia limitante es un tapón en nuestra energía que impide manifestar nuestras capacidades. «Si crees que puedes, podrás; si crees que no, no podrás».
En los circos, los elefantes suelen estar atados a postes muy pequeños que pueden ser fácilmente desclavados por ellos. Un elefante puede arrancar un árbol de cuajo y, sin embargo, no lo hace. ¿Por qué? La razón es que cuando son pequeños los atan a esos mismos postes. Prueban a soltarse de ellos un día tras otro, pero no tienen fuerza suficiente para arrancarlos. Al cabo de un tiempo, dejan de intentarlo, asumiendo que no pueden con ese postecito. Van creciendo, van cogiendo más fuerza y se vuelven muy poderosos, pero su creencia no cambia. Ya no intentan soltarse: tienen asumido que no pueden.
Las creencias limitadoras que mantenemos provienen de una sola, que es la madre de todas: creernos separados de la Unidad, de la energía universal que todo lo llena.
Al considerarnos separados, vemos la vida como una lucha constante por conseguir aquello que necesitamos para vivir en este mundo: dinero, relaciones, tiempo libre, diversiones… Además, al formar parte de una comunidad demandamos reconocimiento personal, sentirnos parte del grupo al que pertenecemos. Estas necesidades nos originan incertidumbre y miedo a no poder satisfacerlas. La emoción del miedo atrae pensamientos que vibran en su misma frecuencia. Debido a esto, la interpretación que hacemos sobre lo que vemos y experimentamos se encuentra teñida por dicha emoción y el miedo hará germinar con más facilidad creencias como «No valgo», «No puedo», «No tengo»…, limitadoras todas ellas.
Si eres madre o padre de niños, en tus manos está decidir la vida que van a llevar. Eres la referencia y el ejemplo más importante que tienen, por lo tanto, te es muy fácil implantar creencias en ellos, puesto que cuentas con toda su confianza.
Según las creencias que siembres en sus vírgenes mentes, así será la programación que arrastrarán hasta que puedan modificarla y según ella será su vida.
Es la gran responsabilidad que tienes como educador: formar personas autosuficientes para desenvolverse en este mundo de la forma y, además, que sean felices. Una persona feliz es la que emite de continuo la luz de la alegría, elevando la de los seres que le rodean. Y para eso estamos aquí: para amar, para dar… Para elevarnos y elevar.
Dile a tu hijo que los sueños se cumplen, que solo hay que regarlos con amor y trabajo y que, tarde o temprano, los verá materializados. Siempre.
Dile a tu hijo que puede con todo, que no importa las veces que se caiga, que lo importante es levantarse siempre.
Dile a tu hijo que le quieres, que es una bendición en tu vida y que le querrás, haga lo que haga. Pero, sobre todo, demuéstraselo momento a momento. Ámale con locura y la fuerza de tu amor le hará volar libre de las cadenas del miedo.
Y esto es todo por hoy.
En el próximo artículo veremos cómo podemos instalar nuevas creencias en nuestro interior y así recuperar tu poder perdido por las creencias limitantes que tienes instaladas.
Ya sabes: cualquier duda, sugerencia o aportación déjamela en los comentarios.
Un abrazote y sigue caminando, sigue creciendo. 🤗😉